EL LENGUAJE DE LAS CAMPANAS

Por Agnès Vidal i Vicedo

Que las campanadas nos dicen la hora no es un hecho que sorprenda a nadie, pero si  miramos atrás comprobaremos que hasta no hace mucho eran imprescindibles en la vida de mucha gente. Eran el alma de todos los pueblos. Su voz majestuosa despertaba a sus habitantes y marcaba el ritmo de vida.

El volteo de les campanas informaba de las muertes, mejor que si hoy paseáramos por las necrológicas de un periódico. Quien las sabía escuchar, podía conocer incluso la edad o el sexo del difunto. Reconocer su lenguaje es un arte que la generación más joven ha dejado perder sin más miramientos. Con el tiempo, su función ha quedado relegada a recordar a los fieles que han de cumplir con sus deberes como buenos cristianos. Actualmente la mayoría de las iglesias han perdido muchos de los toques tradicionales, como el toque de ánimas, el toque de alabar a Dios, o el siempre sorprendente toque de espantar a los espíritus, pero también ha pasado a la historia la manera de tocar las campanas manualmente ¡Una lástima que nadie se ocupe ya de las tiradas de cuerda!

Cada vez resulta más difícil encontrar quien nos explique las historias que esconden. El escritor Carlos Garrido, nos descubría en su libro Formentera mágica que, en la menor de las Pitiusas, las iglesias de Sant Ferran, Sant Francesc y El Pilar de la Mola, están coronadas por campanas de barcos que han naufragado en sus aguas. A menudo ignoradas, esconden en sus entrañas incontables leyendas de barcos hundidos, trágicamente perdidos por un golpe de mar.

Viendo el campanario de Sant Josep no me cuesta imaginar aquellos tiempos en que las campanas hablaban al repicar, marcando la parada y la vuelta de la actividad laboral. Su función civil, avisando de fuego, de peligro, de fiesta, de presencia de ladrones, ha sido malograda por el tiempo. Pendientes de aquel sonido, aquellos que hoy son nuestros mayores sacaban el ganado a pastar o cogían las herramientas con que trabajar el trozo de tierra. Ahora sólo han de consultar el reloj de pared para ponerse sus mejores trajes e ir a misa. La gente mayor lo guarda en su almacén de la memoria, una buena muestra es la campana que se conserva en los pórticos de las dependencias parroquiales.

Más allá de las connotaciones religiosas que alguien pueda asociar a las campanas, no me cabe duda que se trata de uno de los sonidos más bonitos que he escuchado jamás, junto a la alegría que transmite escuchar a las mujeres hablar mientras toman el fresco en la calle o el choque del cubo cuando llega al fondo del pozo. Es un sonido que aún huele a chimenea encendida, a tierra mojada que tanto nos gusta. Todo junto representa otra manera de vivir en Ibiza, más ancorada en la historia y enraizada a la naturaleza, contraria a la destrucción del paisaje, a las urbanizaciones y las amplias carreteras, en definitiva a la velocidad que comporta vivir deprisa. Ahora que está tan de moda recuperar aspectos tradicionales, lo que se debería hacer es no dejar perder estos detalles que mantienen vivo un pueblo.

Aquellas campanas que resuenan a las doce del medio día siempre serán el resumen del pasado pero también pueden ser faro para el futuro.

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