LOS TRES REYES MAGOS

Los tres Reyes Magos
En la madrugada más larga del invierno, cuando las ciudades apagan sus prisas y los niños afinan la esperanza, tres figuras antiguas vuelven a cruzar el horizonte cultural de Occidente… también en Ibiza, los llamamos Reyes Magos, pero su historia —como casi todo lo que sobrevive dos milenios— es un tejido de símbolos, silencios y reinterpretaciones. Un relato que mezcla astronomía y profecía, política y poesía, y que aún hoy conserva un aura esotérica difícil de disipar.
Los textos más antiguos no hablan de reyes, ni de camellos, ni siquiera de tres. El Evangelio de Mateo menciona simplemente a unos magoi, sabios astrólogos procedentes de Oriente. En el mundo persa, el término designaba a una casta sacerdotal dedicada a interpretar los cielos y custodiar conocimientos que hoy llamaríamos herméticos: astrología, alquimia primitiva, rituales de purificación.
La tradición posterior los convirtió en monarcas, quizá para subrayar que incluso los poderosos se inclinaban ante el recién nacido. El número tres surgió por analogía con los regalos: oro, incienso y mirra. Tres ofrendas, tres viajeros, tres rostros que acabarían representando las edades del hombre y los continentes conocidos.
La estrella que guía a los magos ha sido objeto de interpretaciones científicas —cometas, conjunciones planetarias, supernovas—, pero en la lectura esotérica funciona como un arquetipo: la luz que irrumpe en la noche interior, la señal que solo perciben quienes han aprendido a mirar.
En muchas escuelas de pensamiento hermético, el viaje de los magos es una metáfora del camino iniciático:
El oro representa la materia y el poder terrenal que debe ser purificado.
El incienso, el ascenso del espíritu.
La mirra, la aceptación de la mortalidad y la transformación.
Tres etapas, tres pruebas, tres llaves para comprender el misterio.
Con el tiempo, Melchor, Gaspar y Baltasar se convirtieron en algo más que personajes bíblicos. La iconografía medieval los transformó en símbolos de la universalidad del mensaje cristiano: Europa, Asia y África reunidas ante un mismo umbral. En un continente fragmentado por guerras y fronteras, la imagen de tres sabios que convergen en un punto común funcionó como un recordatorio de unidad espiritual.
Pero también fueron, y siguen siendo, un puente entre lo religioso y lo mágico. En España —quizá más que en ningún otro lugar— los Reyes Magos encarnan la persistencia de una sensibilidad que mezcla devoción y hechizo, liturgia y juego. La cabalgata, con sus luces y su teatralidad, es una ceremonia colectiva donde lo sagrado se disfraza de fiesta.
En un mundo que ha sustituido los oráculos por algoritmos, los Reyes Magos sobreviven porque representan algo que la modernidad no ha logrado domesticar: el deseo de que lo extraordinario irrumpa en lo cotidiano. Su viaje anual es un recordatorio de que la imaginación sigue siendo un territorio político y espiritual.
Para los adultos, son una memoria emocional; para los niños, una promesa; para la cultura occidental, un mito que se resiste a desaparecer. Y quizá ahí reside su verdadero poder esotérico: no en lo que fueron, sino en lo que seguimos necesitando que sean.
Por Medea O. Nodine
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En la madrugada más larga del invierno, cuando las ciudades apagan sus prisas y los niños afinan la esperanza, tres figuras antiguas vuelven a cruzar el horizonte cultural de Occidente……
