»LA ESCRITURA ME HA PERMITIDO TRANSFORMAR EL DOLOR EN PALABRA>>
Entrevista a Aydeé Núñez, escritora ecuatoriana residente en Ibiza, ganadora del Premio de las Letras Pitiusas 2026 de Poesía en castellano, cierra con El amor que perdí. Mi renacer una trilogía marcada por la memoria, el amor, la pérdida y la transformación personal

© Aydeé Núñez
Aydeé Núñez presentó el pasado 12 de junio, en el Centro Cultural de Puig d’en Valls, su tercer libro, El amor que perdí. Mi renacer, en un acto emotivo, cercano y lleno de momentos compartidos. La presentación reunió a un numeroso público y estuvo acompañada de música al piano, diapositivas con fotografías de su pueblo, palabras de afecto, risas, lágrimas, copas de vino, obsequios, firmas de ejemplares, coloquio con los asistentes y un cuidado catering posterior.
Más que una simple presentación literaria, el encuentro tuvo algo de celebración íntima y de cierre de ciclo. Núñez culmina con este libro una trilogía que comenzó con Buscando tu amor. Cuatro gotas, un océano y continuó con El amor que encontré en ti. Tres libros que recorren distintas formas del amor: la búsqueda de una madre ausente, el encuentro con una historia sentimental y, finalmente, el aprendizaje más difícil: el de soltarse, mirarse a una misma y renacer.
Nacida en Ecuador y residente en Ibiza desde hace años, Aydeé Núñez ha ido construyendo una trayectoria marcada por la escritura autobiográfica, el testimonio emocional y la voluntad de convertir la experiencia personal en una forma de comunicación con los demás. En 2026, además, recibió el Premio de las Letras Pitiusas de Poesía en castellano, un reconocimiento que confirma el crecimiento de una autora que ha pasado de escribir desde una necesidad íntima a ocupar un lugar cada vez más visible en la vida literaria de la isla.
En esta entrevista, Núñez habla de infancia, memoria, maternidad, literatura, amor propio y del camino que la ha llevado a cerrar una etapa fundamental de su vida y de su obra.
– Naciste en Ecuador, en Patate-San Jorge. Cuando miras hacia atrás, ¿qué imágenes de tu infancia regresan primero?
Cuando miro hacia atrás y recuerdo mi infancia en Patate-San Jorge, lo primero que vuelve a mí son los paisajes: el verde intenso de las montañas, el cielo abierto y ese aire limpio que parecía envolverlo todo. También aparecen las sensaciones del hogar, la familia reunida y la vida sencilla del día a día.
Pero, si tengo que elegir algo más íntimo, hay un recuerdo que siempre regresa con fuerza: el olor a manzanas. Ese aroma me lleva directamente a la imagen de mi madre, desenvolviendo las manzanas con cuidado y acercándolas a su rostro para olerlas. Es una escena sencilla, pero para mí está llena de ternura, de calma y de hogar.
Son recuerdos muy vivos que, de alguna manera, siguen siendo parte de mí hoy.
– Tu obra nace de una experiencia muy dolorosa: la pérdida de tu madre cuando eras todavía una niña y la posterior separación de tus hermanos. ¿Cómo marcó todo aquello tu manera de mirar el mundo?
La ausencia de mi madre en la infancia marcó profundamente la forma en la que empecé a entender el mundo. Creo que, de alguna manera, me hizo crecer antes de tiempo. La sensación de protección cambió y tuve que aprender a encontrar seguridad en otros lugares y dentro de mí misma.
Con el tiempo, esa falta también moldeó mi carácter: me hizo más observadora, más sensible a las emociones de los demás y, al mismo tiempo, más independiente. Hay una parte de mí que aprendió a sostenerse sola, pero también a valorar mucho más los vínculos, el cuidado y la presencia de las personas que quiero.
También la palabra “hermano” cambió para mí. Va mucho más allá de haber crecido juntos o de haber compartido una misma casa. Después de la separación, esa palabra se volvió algo más profundo, pero también más frágil. Hoy significa memoria compartida, aunque sea incompleta; significa pertenencia, incluso cuando la vida nos llevó por direcciones distintas. Y también significa deseo de reencuentro, de reconstruir lo que el tiempo y las circunstancias fragmentaron.

© Aydeé Núñez
– ¿Cuándo comprendiste que esa historia íntima podía convertirse en escritura?
Durante mucho tiempo, esa experiencia fue algo muy personal, un dolor que vivía en silencio, que estaba muy dentro de mí, casi como un lugar al que regresaba solo en la soledad.
Con los años empecé a darme cuenta de que ese recuerdo no era solo mío ni un hecho aislado, sino que podía resonar en otras personas. Me di cuenta de que el amor, la pérdida y la ausencia son experiencias universales, aunque cada uno las viva de manera distinta.
Fue entonces cuando comprendí que escribir no era solo recordar, sino también una forma de dar sentido, de ordenar lo vivido y de compartirlo. En ese proceso entendí que mi historia podía convertirse en un puente con otros, no solo en un recuerdo íntimo.
– Al escribir una historia tan personal, también aparecen el miedo, la exposición y la intimidad de los demás. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre contar tu verdad y proteger a quienes forman parte de ella?
Creo que durante mucho tiempo yo también lo guardé en silencio. Hubo una etapa en la que el dolor era demasiado grande como para mirarlo de frente. Callarlo era una forma de protegerme.
Pero, con los años, algo cambió dentro de mí. Empecé a entender que el silencio no siempre cura y que, a veces, solo deja el dolor suspendido en el tiempo. Escribir llegó como una necesidad, casi como una forma de ordenarme por dentro, de dar sentido a lo que había vivido.
También entendí que no solo se trataba de mi historia, sino también de la de otras personas que forman parte de ella. Yo lo resolví desde el respeto. En ningún momento escribí desde el deseo de señalar o exponer a nadie, sino desde la necesidad de contar lo vivido, desde mi mirada, desde mi experiencia y desde lo que yo sentí.
Hay una gran diferencia entre contar una verdad emocional y convertirla en un juicio sobre los demás. Yo escribo desde mi vivencia, no como una verdad absoluta, sino como una forma de comprender mi propio camino. Escribir fue una forma de transformar lo vivido, de dejar de cargarlo en silencio y empezar a compartir desde otro lugar.
– Tus títulos insisten en el amor: Buscando tu amor, El amor que encontré en ti, El amor que perdí. ¿Qué significa para ti esa palabra después de todo lo vivido?
Para mí, después de todo lo vivido, la palabra amor dejó de ser algo idealizado o abstracto y se convirtió en algo mucho más humano, más cotidiano y también más complejo.
En Buscando tu amor, ese amor, especialmente el de mi madre, fue tres cosas a la vez: necesidad, esperanza y supervivencia. Fue una necesidad profunda porque su ausencia dejó un vacío que no sabía cómo nombrar, pero que siempre estuvo presente. También fue una esperanza constante, esa pequeña luz interior que me hacía creer que, de alguna forma, el amor no se pierde del todo.
Y, sobre todo, fue una forma de supervivencia. Esa búsqueda del amor de mi madre fue lo que me sostuvo en los momentos más difíciles, lo que me dio fuerza para seguir adelante cuando todo parecía roto. Por eso el amor aparece tanto en mis títulos: porque no es solo un tema, es el hilo que atraviesa toda mi historia.
– En tu historia hay una madre ausente y también una hija. ¿La maternidad cambió tu manera de mirar la pérdida de tu propia madre y la necesidad de contar la historia familiar?
Sí, totalmente. La maternidad cambió profundamente mi manera de mirar la pérdida de mi propia madre.
Convertirme en madre me hizo comprender de una forma mucho más íntima lo que significa el vínculo, el cuidado y la presencia. Empecé a entender desde el cuerpo y desde la emoción cosas que antes solo podía intuir.
Y, de alguna manera, también reactivó la ausencia, porque al tener una hija aparece inevitablemente la pregunta de lo que mi madre habría sido en esa etapa de mi vida, de cómo habría sido ese acompañamiento o ese compartir cotidiano.
Pero, al mismo tiempo, la maternidad también me dio una forma distinta de sanar. No desde el olvido, sino desde la posibilidad de transformar esa ausencia en conciencia, en cuidado y en una forma de amar más presente.
Escribir sobre mi infancia también ha sido una manera de dejar a mi hija una parte de su propia historia, de sus raíces, de aquello que forma parte de ella aunque no lo haya vivido directamente. Siento que al escribirlo no solo estoy mirando hacia atrás, sino también tendiendo un puente hacia adelante.

© Aydeé Núñez
– Hay lectores que se acercan a historias íntimas buscando algo de sí mismos. ¿Has sentido que tu escritura ayuda a romper silencios que no son solo tuyos?
Sí, creo que de alguna manera mi escritura sí rompe alguno de esos silencios. No desde la confrontación, sino desde la necesidad de poner en palabras aquello que durante mucho tiempo se vivió en silencio: los duelos no hablados, la ausencia, las culpas que a veces se heredan sin nombre y todo lo que muchas mujeres han sostenido en privado.
Siento que durante muchas generaciones ha habido historias que no se contaron por miedo, por protección o por costumbre. Y ese silencio, aunque a veces nace del amor, también puede convertirse en una carga que se transmite.
Escribir ha sido para mí una forma de dar voz a eso que no se dijo, pero también de reconocerlo sin juicio. No para romper con el pasado, sino para entenderlo y transformarlo en palabra.
Y si mi escritura ayuda a que otras mujeres se sientan menos solas en sus propias historias, entonces siento que ese silencio empieza poco a poco a soltarse.
– Has sido ganadora del Premio de las Letras Pitiusas 2026 de Poesía en castellano. ¿Qué lugar ocupa este reconocimiento en tu camino como escritora?
El Premio de las Letras Pitiusas 2026 de Poesía en castellano ocupa un lugar muy especial en mi camino, porque llega en un momento en el que la escritura se ha convertido para mí en una forma de expresión profunda y necesaria.
La poesía, para mí, es una mezcla de muchas cosas. Es desahogo porque me permite soltar emociones de una forma más libre y directa. Es belleza porque a veces una imagen o una palabra pueden decir más que una explicación. También es confesión porque nace de lo íntimo, de lo que no siempre se dice en voz alta. Y, al mismo tiempo, es una forma de pensamiento porque me ayuda a entender lo que siento mientras lo escribo.
Leer el poema con el que gané, y hacerlo en el cierre de las actividades del premio, compartiendo espacio con otros poetas y escritores de Ibiza, fue una experiencia muy emocionante. En un recital, la palabra deja de estar encerrada en el libro y pasa por la voz, por el cuerpo, por la presencia de los demás. Es una mezcla de nervios, alegría y también la sensación de estar dándole voz a mi alma, a mis pensamientos más íntimos.
Compartir espacio con poetas y escritores de Ibiza es una forma de diálogo y de encuentro. Cada voz aporta una mirada distinta y eso enriquece profundamente la experiencia literaria.
– ¿Dirías que tus libros son autobiográficos, testimoniales, terapéuticos, literarios… o prefieres no encerrarlos en una sola categoría?
Prefiero no encerrarlos en una sola categoría. Hay una parte claramente autobiográfica, porque parte de mi propia experiencia y de lo vivido. También hay un componente testimonial, porque siento que hay una historia real que merece ser contada y compartida.
Pero, al mismo tiempo, la escritura me lleva más allá de lo puramente factual. Hay una elaboración emocional y narrativa que se acerca a lo literario, porque no escribo solo para relatar hechos, sino para darles forma, sentido y profundidad.
Y sí, también hay un aspecto terapéutico en el proceso, aunque no es su objetivo principal. Escribir me ha ayudado a comprender, a ordenar y a transformar lo vivido, pero siempre con la intención de comunicar, no solo de sanar.
– ¿Qué autoras o autores te han acompañado en tu camino como lectora?
Como lectora me han acompañado autores como Isabel Allende, por la forma tan humana y profunda en la que aborda la familia, la memoria y las emociones.
También Walter Riso, por sus reflexiones sobre el amor y el dolor emocional, y Eckhart Tolle, cuyas obras me ayudaron a mirar hacia dentro y a entender mejor el presente y la ausencia.

© Aydeé Núñez
– Con El amor que perdí. Mi renacer cierras una trilogía vinculada a tu historia. ¿Qué supone para ti llegar a este punto y hacia dónde te gustaría caminar ahora?
Llegar a este punto supone una mezcla de emociones: alegría por terminar un proceso que ha durado casi seis años desde que vio la luz Buscando tu amor, y también tristeza porque doy por cerrada una etapa importante de mi vida.
Al mismo tiempo, siento que es un cierre necesario para dar paso a un nuevo camino literario, en el que podré explorar muchos más matices y géneros desde otra mirada.
He disfrutado mucho escribiendo autobiografía, pero también me gustaría abrirme a otros géneros. Exploré la poesía con mi primer libro, Luna negra: ecos de mi alma, y ha sido una experiencia muy reveladora y bien recibida.
La literatura romántica me atrae especialmente porque conecta con lo íntimo y lo emocional. También me interesa la narrativa de drama o los casos reales, porque me atraen las historias de vidas auténticas, las experiencias que conectan con la verdad y con el lector. Me gusta cuando la literatura refleja lo humano sin filtros, con sus luces y sus sombras, y consigue emocionar desde lo real.
– Después de todo lo vivido, ¿qué te ha dado la escritura y qué te gustaría que sintiera una persona al cerrar uno de tus libros?
La escritura no me devuelve lo que la vida me quitó, pero sí me ha dado una forma distinta de sostener la ausencia. Me ha permitido transformar el dolor en palabra, la memoria en sentido y el silencio en expresión.
A aquella niña que perdió demasiado pronto a su madre y fue separada de sus hermanos le diría que todo estará bien. Que, a pesar de todas las pérdidas, será capaz de reconstruirse sin perder su esencia. Que aquello que vivió no la define por completo, pero sí forma parte de su fuerza y de su forma de mirar el mundo.
Me gustaría que, al cerrar uno de mis libros, una persona no juzgue, sino que sienta empatía, porque son casos reales que le pueden pasar a cualquiera.
En el tercer libro, por ejemplo, hay una historia que refleja algo que muchas parejas viven en algún momento. También me gustaría que se viera a una mujer resiliente, no perfecta. Desde ahí cuento la cruda realidad de una vida y de una pareja que cometieron errores, que maduraron juntos y que al final entendieron que el amor también es saber soltar.
En el fondo, esta historia deja un mensaje claro: el amor propio, el gran descubrimiento de la protagonista, es aprender a amarse a sí misma.
Si tuviera que definir mi obra con tres palabras, serían: emoción, verdad y transformación.
Por Jean Pierre Quiroz Rivera
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Entrevista a Aydeé Núñez, escritora ecuatoriana residente en Ibiza, ganadora del Premio de las Letras Pitiusas 2026 de Poesía en castellano, cierra con El amor que perdí. Mi renacer una…

