MURIEL GROSSMANN: IBIZA Y EL MAGMA MODAL

Dibujo: Muriel Grossmann »Contemplation», de Gabriel Torres Chalk

Ibiza despliega muchas formas de sonido. La que venden: el laboratorio del clubbing, discoteles, fiestas de la espuma, la puesta de sol con auriculares de chill out descafeinado, la promesa de una felicidad a plazos. Pero la isla también tiene un sonido que se escucha si caminas hacia el margen, si te apartas un poco de la pose, del negocio, de glamoures varios y dejas que la isla te hable con su voz más antigua: viento, piedra, sal, y ese silencio que no es ausencia sino algo que asciende, como una cuerda afinada.

En esa Ibiza vive Muriel Grossmann desde hace años. Y conviene entenderlo así: no como postal, sino como condición acústica. La isla es su cámara de resonancia. Aquí el aire tiene una manera particular de entrar en los pulmones y el saxofón —ese animal, entresijo de llaves y tudel— lo percibe con la naturalidad de la sargantana sobre su roca favorita.

Grossmann toca como si el instrumento no fuese solo un instrumento sino un faro. No te ilumina con una luz fija: gira. Y en cada vuelta va barriendo el mar interior de quien escucha. Hay músicos que hacen discos. Y hay músicos que, cuando tocan, parecen estar moviendo placas tectónicas con la boquilla. Muriel Grossmann pertenece a esa segunda especie: saxofonista y compositora, formada primero en la disciplina clásica —la flauta— y luego convertida al evangelio del saxofón (alto, soprano y tenor) con una naturalidad casi biológica.

Desde 2004 vive en Ibiza, y ese dato es una frecuencia. En su biografía oficial se insiste en que esa mudanza marca un periodo especialmente fértil de grabación y directo. Y si uno escucha su discografía reciente —ese flujo constante desde mediados de los 2000— entiende por qué: Grossmann ha construido un lenguaje propio dentro de ese territorio que solemos llamar “spiritual jazz”, pero que en su caso suena menos a etiqueta y más a práctica: una mezcla de trance modal, músculo rítmico y un sentido de la melodía que no se excusa por ser bella.

DownBeat lo formuló con precisión al hablar de sus raíces: para Grossmann, el spiritual jazz bebe de “música africana, jazz modal, gospel, blues, free-jazz y música oriental”; y su relación con la percusión (y con la polirritmia) es parte esencial de su manera de avanzar y crear nuevos espacios.

Con ese mapa de fondo llega su nuevo lanzamiento, recién publicado: Plays the Music of McCoy Tyner and Grateful Dead: aquí no estamos ante un disco de homenaje con guantes blancos, ni ante un museo donde las piezas están detrás de un cristal. Esto es otra cosa: una ceremonia de combustión lenta. McCoy Tyner y Grateful Dead: si lo dices rápido parece un cruce imposible, una anécdota de barra. Pero si lo escuchas con calma, lo que ocurre es obvio: ambos comparten una fe. La fe en el viaje.

Tyner viene del magma modal: acordes como placas tectónicas, ritmo como motor, una espiritualidad que no es incienso sino fuerza. Los Dead vienen de la carretera infinita: canción como pretexto y portal, el directo y la improvisación como método, el directo como animal que nunca se deja domesticar, el riesgo como gramática. Uno construye catedrales con el piano; los otros levantan campamentos nómadas con guitarras y paciencia. Muriel Grossmann entra ahí como quien entra en su propia casa. No jazzifica a los Dead, no psicodeliza a Tyner. Hace algo más elegante y más peligroso: los deja pasar por su sangre.

La banda —saxo tenor, guitarra, Hammond B3 y batería— funciona como un organismo (Muriel Grossmann al saxo tenor, Radomir Milojkovic a la guitarra, Abel Boquera al Hammond B3 y Uros Stamenkovic a la batería). El Hammond es una iglesia portátil: madera, electricidad, gravedad. La guitarra no adorna: dibuja nervios, abre grietas, sugiere caminos secundarios. La batería no marca el tiempo: lo empuja, como si el pulso fuera una harley que conoce las curvas. Y encima, el tenor de Muriel, que no toca tanto como declara: cada frase es un gesto que te agarra del hombro y te muestra el horizonte mientras conservas la roca de la sargantana como centro.

El álbum está planteado como doble, y eso tiene sentido: no hay una sola verdad cuando la música vive de girar sobre sí misma. La idea de incluir tomas alternativas es casi un manifiesto: “no te voy a vender una estatua; te voy a enseñar el animal respirando”.

En las piezas de Tyner —»Walk Spirit Talk Spirit», «Contemplation»— sucede algo que podríamos llamar claridad volcánica. No es suavidad: es foco. El modo se vuelve paisaje, y ese paisaje te mira. No hay prisa, pero sí dirección. Como cuando caminas de noche por un sendero que no conoces y, aun así, tu cuerpo sabe que vas bien. Cuando retornas a la costa y el faro te muestra el camino-mangata o sendero de luz sobre el mar.

En las de Grateful Dead —»The Music Never Stopped», «The Other One»— aparece la otra fuerza: la comunidad improvisadora, la sensación de que la canción es una puerta giratoria y cada vuelta te deja en una habitación distinta. Aquí Grossmann no se disfraza de rock: lo que hace es traducir el espíritu jam al idioma de su propio ritual, que es jazz, sí, pero también es algo más antiguo: respiración, trance, insistencia.

Y entonces, inevitablemente, vuelves a Ibiza. Porque este disco tiene algo muy ibicenco en el sentido profundo: la relación con el tiempo. La isla enseña un tipo de lentitud que no es pereza: es precisión. La lentitud del sol cuando cae, la lentitud del mar cuando parece quieto y aun así se está moviendo. Es plenitud y vacío: es una herramienta para escuchar. Para entrar.

Aquí espiritual significa otra cosa: electricidad emocional bien canalizada. Groove que no es decoración sino trance. Belleza que no es adorno sino brújula. Improvisación que no es exhibición sino camino.

Bandcamp Daily recuerda que Awakening (2013) fue grabado en directo en el Eivissa Jazz Festival, y que algunas piezas se reimaginaron después en estudio para ganar pegada. Esa relación con el directo —con la música como suceso y no como objeto— ayuda a entender por qué este álbum, aun siendo interpretativo, se siente vivido, se siente diferente.

Plays the Music of McCoy Tyner and Grateful Dead suena a conversación entre lenguajes que ya se entendían, pero necesitaban una intérprete capaz de mantener el pulso sin domesticar el riesgo. Muriel Grossmann lleva años demostrando que el spiritual jazz puede ser contemporáneo abriendo nuevos espacios: puede tener groove sin volverse decorativo, puede ser meditativo sin volverse blando, puede mirar a Coltrane y a la vez hablar con voz propia. Este disco es otra estación en esa ruta: un puente entre dos tradiciones de improvisación radical —una nacida del jazz modal más volcánico; otra, del rock como comunidad nómada—, construido desde Ibiza con materiales del subsuelo y del horizonte.

En Ibiza, cuando llega el invierno y el turismo se retira como una marea que deja plástico y recibos, queda otra música: la del viento que roza los pinos, la del mar que no necesita demostrar nada, la del silencio que no es vacío, sino un animal quieto, mirándote. En ese territorio —más real que cualquier eslogan— contemplar no significa posar los ojos; significa sostener el tiempo sin huir.

“Contemplation” funciona como centro de gravedad para entender a Muriel Grossmann. No solo porque sea un tema ligado a McCoy Tyner, ni porque el título parezca hecho a medida de una isla que sabe del arte de la pausa. Funciona porque, en sus manos, “Contemplation” deja de ser una pieza y se vuelve un método: un modo de caminar por dentro.

El Hammond B3 coloca un suelo que no es suelo, sino humedad sonora, madera con electricidad. La batería no llega para poner orden; llega para recordar que el tiempo puede ser marea. Y la guitarra —ese nervio de luz— no adorna: dibuja líneas finas, como senderos secundarios que aparecen cuando ya creías que el mapa estaba cerrado.

Y entonces entra el tenor.

Muriel Grossmann entra como entra una ráfaga por abierta al mar, dejando claro que a partir de ahora el aire va a ser otro. “Contemplation”, en su origen, ya contiene una cualidad que parece diseñada para la isla: un tipo de armonía que no te empuja por pasillos, sino que abre un horizonte.

La música modal, cuando está bien tocada, no te lleva de A a B como un taxi; te deja caminar por una llanura, elegir dónde detenerte, volver sobre tus pasos, mirar otra vez el mismo cielo desde otro ángulo, mirar con los ojos de un anfibio libre.

El tenor sostiene una nota y el mundo alrededor se organiza en torno a esa decisión. Ese gesto es la contemplación: no moverse… y, sin embargo, avanzar. Contemplar es un acto con filo. Es sostener una intensidad sin necesidad de gritar. Es mantener el pulso en la frontera exacta donde el cuerpo aún puede seguir, pero la mente se entrega a otros espacios.

Muriel Grossmann logra aquí una forma de originalidad que me interesa más cualquier virtuosismo: la originalidad como firma de aliento. No inventa el fuego. Pero sabe cómo acercar las manos sin quemarse. Y cuando termina “Contemplation”, no sientes que ha pasado un tema. Sientes que has pasado por un lugar con un faro al fondo.

Eso es lo que hace la isla-tenor con quien se queda el tiempo suficiente: te cambia el oído.

Por Gabriel Torres Chalk

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