MIRAR DOS VECES BAJO EL BRILLO
CAN Art Ibiza 2026 confirma su consolidación en el calendario cultural de la isla con una edición marcada por la pintura, la cultura visual contemporánea y la tensión entre mercado, espectáculo y mirada crítica.
Visitar CAN Art Ibiza el viernes 26 de junio fue entrar en una feria que ya no necesita pedir permiso para existir. En su quinta edición, instalada de nuevo en el Recinto Ferial, Contemporary Art Now ha dejado de presentarse como una aparición excepcional dentro del verano ibicenco para convertirse en una cita reconocible, con público propio, ritmo propio y una gramática visual ya asentada. Ese desplazamiento no es menor.
Lo que en sus primeras ediciones podía leerse como irrupción, tanteo o apuesta de futuro aparece ahora como un formato consolidado: paredes blancas, circulación ágil, galeristas atentos, coleccionistas, visitantes curiosos, móviles levantados, conversaciones breves, intuiciones de compra y esa mezcla tan ibicenca entre paseo, celebración y escaparate.
Contemporary Art Now funciona, antes que nada, como una máquina de visibilidad. No oculta su condición comercial, pero tampoco se agota en ella. CAN Art no es un museo, no es una bienal, no es una exposición colectiva ordenada bajo una tesis curatorial cerrada. Es una feria, y por tanto un espacio donde la obra aparece atravesada por el mercado, por la disponibilidad, por el gusto, por la necesidad de destacar en pocos segundos. Pero esa misma condición permite algo que en Ibiza no siempre resulta sencillo: reunir en un mismo recinto un mapa amplio de pintura, escultura, diseño, objeto, instalación y lenguajes híbridos, sometiéndolos a una prueba inmediata. La mirada no llega protegida por el silencio del museo.
Llega interrumpida, contaminada, acelerada

© Foto: Ibiza-Click
Esa velocidad define buena parte de la experiencia. Uno pasa de una pintura de superficie carnosa a una escultura de brillo industrial; de una figuración grotesca a una pieza casi decorativa; de una obra que reclama distancia a otra que obliga a acercarse hasta leer la piel del cuadro. Contemporary Art Now se mira andando. La contemplación sucede entre pasos, giros de cuello, cruces de cuerpos, comentarios al oído y destellos de pantalla. La feria, en sus mejores momentos, aprovecha esa energía sin convertirse en mero ruido.
La edición de 2026 de Contemporary Art Now confirma una inclinación clara por la pintura como territorio de experimentación visual, pero también como objeto de deseo inmediato. Hay mucha pintura que sabe hacerse ver. Pintura que entiende los códigos de la imagen actual, que asume sin pudor la contaminación con lo digital, el cómic, la publicidad, la cultura pop, el consumo, el erotismo, el diseño gráfico o el imaginario infantil.
La pregunta no es si la feria apuesta por el arte de su tiempo, sino qué tipo de presente privilegia: uno luminoso, seductor, muy visual, con frecuencia irónico, a veces inquietante y otras veces demasiado cómodo en su propia eficacia.
BIBI Gallery
Entre las presencias más reconocibles de la feria destacaba Bel Fullana, presentada por LA BIBI Gallery. La artista mallorquina trabaja desde una figuración que no teme parecer incorrecta, chillona, impura o deliberadamente maleducada. Su pintura no busca la pulcritud académica, sino una energía más inestable: óleo, spray, colores ácidos, trazos de apariencia infantil, cuerpos convertidos en emblemas de deseo, rabia, exhibición o juego.
Lo interesante de Fullana es que su falso candor nunca es inocente. En sus imágenes, lo cute aparece atravesado por algo turbio; lo adolescente se mezcla con lo sexual; lo festivo roza lo agresivo. La superficie rosa, amable o caricaturesca no suaviza el conflicto, lo vuelve más viscoso.
Su obra se entiende especialmente bien en una isla como Ibiza, donde la imagen del cuerpo, la pose y la exhibición forman parte del paisaje social. Pero Fullana no ilustra ese mundo, lo deforma. Sus figuras no parecen modelos de una fantasía turística, sino supervivientes de una cultura visual saturada, personajes que han aprendido a devolver la mirada desde el interior mismo del cliché. En sus pinturas hay algo de cartel nocturno, de habitación adolescente, de tatuaje, de meme, de máscara barata y de playa contaminada. La artista no denuncia desde fuera. Trabaja dentro de esas imágenes, se mancha con ellas, acepta su mal gusto y lo convierte en herramienta.

© Foto: Ibiza-Click
Esa es su fuerza y también su incomodidad. Ante una pintura de Fullana, el espectador puede sentirse atraído por la dulzura cromática, por la velocidad del trazo o por el carácter aparentemente lúdico de la escena. Pero enseguida aparece una segunda capa: aquello que parecía espontáneo está construido con precisión. La ingenuidad es una estrategia. El exceso, una forma de corte. El mal gusto, una manera de agrietar la limpieza del stand y recordar que la pintura puede seguir siendo una zona de fricción, una materia que no se deja domesticar del todo por la circulación amable del mercado.
Amundarain
Muy distinta, aunque igualmente vinculada a los mecanismos de la imagen popular, era la propuesta de Fausto Amundarain, presentado por Tönnheim Gallery. Si Fullana trabaja desde el fogonazo, la deformación y el gesto impuro, Amundarain parece operar desde una lógica más narrativa y construida. En obras como Glowman’s Preliminary Move, Glowman’s Scape o Turn Loose, el artista venezolano despliega un imaginario donde la pintura se comporta casi como un escenario mental. La referencia al personaje, a la máscara o al icono infantil no aparece como cita nostálgica, sino como punto de partida para investigar cómo una imagen se fija, se altera y adquiere densidad simbólica.
Amundarain no pinta simplemente motivos reconocibles. Pinta sistemas de aparición. Sus composiciones parecen preguntarse cómo un personaje llega a convertirse en signo, cómo ciertos elementos procedentes del cómic, la prensa, los dibujos animados pueden ser desmontados y reorganizados dentro del cuadro. Hay en su trabajo una atención técnica evidente, pero no fría. La pintura aparece cuidada, armada con paciencia, como si cada elemento hubiera sido colocado después de una decantación lenta.
En Turn Loose, el propio título sugiere una salida de tensión, una liberación o una pérdida de control. La obra no se limita a presentar una escena; parece contener una pequeña coreografía de fuerzas. La figura, el fondo, los cortes de color y los signos internos no funcionan como decoración, sino como piezas de un mecanismo que se activa ante el espectador. En Glowman’s Scape, la idea de paisaje se vuelve menos geográfica que psicológica. No estamos ante un lugar reconocible, sino ante un campo de percepción, un espacio donde la imagen se abre, se fuga y deja de comportarse como ilustración. En Glowman’s Preliminary Move aparece, además, una noción casi teatral del comienzo: el instante anterior a la acción, el gesto que todavía no ha terminado de producirse.

Pinturas de Fausto Amundarain. © Foto: Ibiza-Click
La elección de Tönnheim Gallery resulta coherente. La galería madrileña sostiene una atención específica hacia la pintura y sus derivas actuales, incluso cuando esta se cruza con otros medios o imaginarios. En el caso de Amundarain, la pregunta por lo pictórico no se resuelve en una defensa conservadora del cuadro, sino en una exploración de su capacidad para absorber imágenes de procedencias diversas y devolverlas transformadas. Su pintura tiene algo de archivo alterado, de teatro detenido, de memoria visual sometida a una presión casi obsesiva.
Albert Contemporary
Otro de los puntos de intensidad de la visita fue Luca Bjørnsten, presentado por Albert Contemporary. Su obra entra por el color, pero permanece por la inquietud. A primera vista, sus pinturas parecen celebrar un universo reconocible y amable: gatos, flores, zapatillas rosas, coches de carrera, logotipos, objetos de supermercado, gasolineras, aviones de mensajería, paisajes de consumo.
Todo parece recubierto por una capa de azúcar visual, por una paleta saturada que remite a la infancia, a los dibujos animados, a los primeros entornos digitales y a las superficies brillantes de la cultura pop.
Otro de los puntos de intensidad de la visita fue Luca Bjørnsten, presentado por Albert Contemporary. Su obra entraba por el color, pero permanecía por la inquietud. En la pared, el conjunto tenía algo de habitación mental atravesada por pantallas viejas, televisión doméstica, cultura pop, fantasías de consumo y residuos de internet. A la izquierda, una pintura de mayor formato mostraba a un pintor televisivo dentro de un monitor, con paleta en mano y un paisaje dentro del paisaje, como si la pintura apareciera ya mediada por la pantalla, convertida en tutorial, recuerdo sentimental o imagen repetida hasta perder su inocencia. Cerca, un cuerpo desnudo, frontal y pixelado, introducía otra forma de mediación: la censura, la exposición, el deseo convertido en superficie cuadriculada.
A la derecha, la serie de pequeñas piezas enmarcadas en rosa condensaba muy bien su imaginario. Había animales, paisajes, cielos saturados, montañas, flores, carteles, osos de peluche, rostros femeninos, escenas aparentemente amables y frases incrustadas en la imagen como si procedieran de una postal, una interfaz, un anuncio barato o una captura encontrada.
Una de ellas, con el rótulo I need space, resultaba especialmente elocuente: la frase podía leerse como broma, como deseo de evasión, como agotamiento o como simple eslogan listo para circular. En Bjørnsten, esa ambigüedad es fundamental. La imagen parece ligera, casi decorativa, pero algo en ella empieza a fallar cuando se la mira dos veces.
Su pintura no contrapone inocencia y consumo. Muestra cómo ambos se han mezclado hasta resultar casi indistinguibles. La infancia ya no aparece como territorio puro, sino como un archivo contaminado por marcas, pantallas, juguetes, subtítulos, iconos reconocibles y colores demasiado dulces. Todo parece cubierto por una capa de azúcar visual, pero esa dulzura no tranquiliza.
Produce sospecha. Los marcos rosas, la escala doméstica de las piezas y la apariencia de imagen encontrada refuerzan esa sensación de falsa comodidad: estamos ante obras que parecen pequeñas, accesibles, incluso simpáticas, pero que hablan de un mundo saturado de estímulos, nostalgia prefabricada y deseos listos para ser consumidos.

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Frente a algunas pinturas actuales que utilizan el repertorio pop como simple decoración inteligente, Bjørnsten consigue que ese repertorio conserve una vibración crítica. Sus obras son divertidas, sí, pero no inocuas. Hay en ellas una conciencia clara de la cultura material que nos rodea, de sus brillos, sus residuos y sus promesas absurdas. La televisión, el cuerpo pixelado, el paisaje de postal, el peluche, el cartel y la frase motivacional se presentan como fragmentos de un mismo ecosistema visual. En su pintura, el mundo parece apetecible y agotado al mismo tiempo.
Estas tres propuestas permiten leer algunos de los ejes más fuertes de CAN Art Ibiza 2026: la figuración expandida, el regreso de la pintura como espacio de relato, la contaminación entre cultura popular e imagen artística, la mediación constante de la pantalla, la nostalgia como material problemático y la insistencia en superficies de alto impacto visual. También permiten formular una crítica. Contemporary Art Now es eficaz, atractiva, profesional y por momentos brillante, pero a veces confía demasiado en la seducción inmediata de la imagen.
Hay piezas que se imponen rápido y se consumen con la misma rapidez. Cuadros que parecen funcionar mejor en fotografía que en presencia. Rincones donde la idea de actualidad queda reducida a color, ironía, formato amable y disponibilidad para el mercado.
Ese riesgo no es exclusivo de CAN Art, sino de buena parte del circuito ferial contemporáneo. La feria exige visibilidad, y esa exigencia tiende a favorecer obras capaces de llamar la atención en pocos segundos.
La pintura corre entonces el peligro de convertirse en imagen de sí misma: superficie competitiva, mercancía bien adaptada a la circulación digital, objeto preparado para gustar antes de ser mirado. Lo valioso aparece cuando una obra resiste ese destino; cuando, después del primer golpe visual, todavía queda algo que mirar: una tensión formal, una herida conceptual, una decisión que no se agota en el efecto.
Fricción y continuidad
La visita a Contemporary Art Now del 26 de junio dejó, por eso, una impresión doble. Por un lado, CAN Art demuestra que Ibiza puede sostener una feria internacional de arte contemporáneo sin convertirla en una rareza anecdótica. La presencia de galerías de distintas ciudades, la articulación con programas paralelos, la sección de diseño, CAN Local y las intervenciones públicas configuran un ecosistema más amplio que el recinto ferial. Por otro lado, esa misma consolidación obliga a elevar la exigencia crítica. Si la feria ya forma parte del verano cultural de la isla, conviene preguntarse qué tipo de escena ayuda a construir, qué relatos activa, qué artistas visibiliza y qué ausencias deja a la vista.

© Foto: Ibiza-Click
Porque una feria no solo muestra obras. También ordena prestigios, produce jerarquías, marca tendencias y legitima gustos. En una isla con una historia artística profunda, pero a menudo fragmentada entre memoria, turismo, mercado e institución, CAN Art ocupa una posición delicada.
Puede contribuir a ampliar el imaginario cultural de Ibiza más allá de los tópicos del ocio y la noche, pero también puede quedar absorbida por la misma lógica de consumo veloz que pretende desbordar.
Su mayor reto quizá sea ese: no convertirse únicamente en una cita elegante del calendario, sino en una plataforma capaz de generar conversación, fricción y continuidad.
La mejor pintura vista en CAN Art no fue necesariamente la más espectacular, sino aquella que parecía consciente de la trampa del espectáculo. Fullana, Amundarain y Bjørnsten trabajan desde lugares distintos, pero los tres entienden que la imagen no es transparente. Está cargada de deseo, mercancía, infancia, violencia, humor, residuo y memoria. Sus obras no piden una contemplación pura, porque ya no vivimos en un mundo puro. Piden una mirada capaz de atravesar el brillo.
Al salir del Recinto Ferial, quedaba esa sensación extraña que dejan las buenas ferias: demasiadas imágenes en la cabeza y unas pocas persistiendo con más fuerza que las demás.
La obra que permanece no siempre es la que primero se impone. CAN Art Ibiza 2026 tuvo mucho de escaparate, como toda feria. Pero también ofreció, en sus mejores momentos, algo más difícil: la posibilidad de detenerse, mirar dos veces y descubrir que el verano, bajo su luz limpia, también proyecta sombras.
Por Jean Pierre Quiroz Rivera
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CAN Art Ibiza 2026 confirma su consolidación en el calendario cultural de la isla con una edición marcada por la pintura, la cultura visual contemporánea y la tensión entre mercado,…
